¿En qué momento la banalización de nuestra sociedad alcanzó a los museos de arte?
¿Fue antes o después de la primera edición de Gran Hermano?
Frente a los que en verano invaden una playa, existe otro espécimen quizá más deleznable, por cuanto se permite insuflas efímeras y falaces de intelectual a la crème.
Pretende visitar todos los museos, fotografiarse ante los cuadros más importantes.
Es una costumbre enfermiza del dominguero intelectualoide recorrer todas las plazas, a lo japo -cámara en mano y carcajadas por derredor-, así como los barrios más característicos de la ciudad que, con su actitud, perturba.
No existe piedra que no fotografíe si, de poder mostrar esa imagen entre sus congéneres -a su regreso al hogar reconquistado-, puede obtener alguna clase de reconocimiento o supremacía moral en el seno del grupo.
Las cámaras digitales son las mejores aliadas del turista urbanita, en su submodalidad patética, por la gran potencialidad que devuelven a su usuario desde un plano cazurro y hortera.
Le es indiferente lo cochambroso o rodado en la cuneta de cualquier camino de tierra que se encuentre el pedrusco; su único objetivo es, ante todo, demostrar a los “seres inferiores”, ocupantes de su mismo status, que “él estuvo allí”.
Si la masificación sofocante se vuelve sinónimo de tortura ya nos encontramos rodeados por un estallido de borregada, cuando ésta se desencadena libremente en el interior de un museo de arte, en delirante estampida.
A esa turba en ocasiones comandada por un guía esperpéntico que habla en vernáculo del borrego, muchas veces vociferando y todas indicando su presencia mediante un paraguas o algún elemento largo y prominente que apunta hacia el cielo -perdón, techo del museo- con el fin de señalar a la manada, como buen pastor, el camino a seguir, entre un río de seres humanos cuya concurrencia acaba resultando indefinida, baldía y, en función del tiempo de permanencia entre ellos, descarnadamente extenuante.
¿Qué podrían contar estos personajillos cuando regresen a sus confortables lugares de trabajo-remunerado si no se hubieran podido fotografiar ante las más magnas obras de la historia del arte?
¿Se sentirían inferiores respecto a sus cohetáneos playeros?
Es posible, además, que ostentando un patrimonio prolijo en instantáneas de su proeza cultural terminen por antojárseles como más apetecibles a los de su género e, incluso, a los del contrario. En la búsqueda y práctica de rituales de seducción y apareamiento nunca hay que escatimar esfuerzos.
De pronto, regurgitan los clichés más lamentables.
Grupúsculos aturdidos por el calor sofocante.
Parejitas de snobs enamorados fotografiándose ante la Vista de la Roma moderna, de Giovanni Paolo Pannini.
Muchedumbres hambrientas del sabor exclusivo -pero tan prefabricado como un Big Mac- que proporciona acariciar una cúspide intelectual, pasando impenitentes ante La Gioconda, de Leonardo Da Vinci, ufanos, entre flashes que rebotan en el doble cristal de protección, mientras ella -La Monna Lisa- educada pero socarronamente se burla de todos, sin mediar palabra, con sólo una mirada.
El arte no era eso
Contemplar y disfrutar el arte (obviamente) no era eso.
Multitudes ávidas de prebendas intelectuales ojean nerviosamente manuales de guía; escuchan narraciones que se entremezclan con un murmullo ampuloso e implacable.
Entre tanto, grupúsculos de turistas debidamente ataviados con su equipaje friki acuden en oleadas, como en peregrinación, para inmortalizar su presencia perpetuando el recuerdo.
Porque para ellos el arte “es” si lo han fotografiado debidamente; para ver el arte con detalle y poder disfrutarlo ya tienen la Wikipedia en casa.
Autor: Observador Consistente
Puede contactar con el autor de este artículo haciendo click aquí
Archivado bajo: Antropología Urbana, Yo También Acuso | Etiquetado: atila, cabaño de atila, cuadro panini, cuadro pannini, da vinci, gioconda, la gioconda, la madona lisa, la madonna lisa, la mona lisa, la monna lisa, leonardo da vinci, louvre, madona lisa, madonna lisa, masificacion veranil, mona lisa, museo de orsay, museo del louvre, museo orsay, orsay, pannini, venus de milo

















Escribo este post en respuesta al post de mi amigo Osbservador Consistente, Estampida en el Museo, que ha publicado en su blog Papanatismo Esférico después de unas fantásticas vacaciones en el [...]